En el corazón del Gran Chaco Americano, Argentina, donde el monte guarda silencios antiguos y la tierra enseña sin palabras, nace Oichena: un proyecto que une arte textil ancestral y afirmación del femenino como territorio de memoria viva.
Catalina Carbajo, abogada y comunicadora, trabaja desde hace más de cinco años junto a mujeres indígenas del norte argentino. Su recorrido profesional se entrelaza con una experiencia más íntima y transformadora. “Vengo del derecho y la estrategia, pero también del territorio. Del monte, del silencio compartido mientras se hila, del aprendizaje que no está en los libros sino en las manos”, explica.
En ese encuentro entre formación técnica y sabiduría ancestral surge Oichena. “Nace de ese cruce: entre la gestión profesional y la memoria ancestral”. Pero, sobre todo, nace de la escucha: de comprender que el tejido no es una técnica aislada, sino una forma de estar en el mundo.

Catalina Carbajo, fundadora de Oichena (a la derecha).
El tejido como memoria sagrada
Oichena trabaja junto a mujeres wichí y crea piezas con fibra de chaguar, planta nativa del monte chaqueño. En lengua wichí, “Oichena” significa “estoy aquí”. “Es una afirmación de presencia, de identidad y de existencia cultural”, afirma Catalina. Es la voz de mujeres que no pertenecen al pasado, sino a un presente que respira y crea.

Cada pieza es realizada íntegramente a mano: la recolección de la planta, el pelado, el secado, el hilado y el teñido natural siguen el ritmo del monte. “Es un proceso que no puede acelerarse”. En esa lentitud habita algo sagrado: el respeto por el ciclo de la naturaleza y por el tiempo que necesita cada gesto.
“El tejido es lenguaje, es archivo, es identidad”.
No se trata solo de diseño o estética. Cada nudo contiene memoria; cada fibra, una historia transmitida de madre a hija. “Son las mujeres quienes enseñan a las niñas a hilar, quienes convierten la fibra vegetal en lenguaje”.

Honrar ese gesto es reconocerlas como creadoras y guardianas de un conocimiento que ha sobrevivido gracias a ellas. El textil se convierte así en un espacio de continuidad femenina: una trama donde el pasado y el presente se encuentran sin ruptura.
Las piezas -bolsos, chales, cinturones, paños y objetos contemporáneos— dialogan con el mundo actual sin perder su raíz. No existen dos iguales. Cada una guarda la impronta de quien la tejió y el pulso del territorio del que proviene. Llevarlas es portar algo más que un objeto: es llevar un fragmento de monte tejido.

Crecer sin perder la raíz
En un mundo acelerado, elegir una pieza hecha a mano es un acto consciente. “Llevar una pieza ancestral es portar una historia, es asumir una postura ética frente al consumo”. La propuesta de OICHENA no niega la dimensión económica, es fundamental que el trabajo sea justamente valorado y remunerado, pero la sitúa dentro de un marco más amplio: el respeto por la vida, por el tiempo y por la dignidad de quienes crean.

La expansión internacional hacia Europa, Estados Unidos, México y Australia forma parte de los próximos pasos del proyecto. Sin embargo, el crecimiento no se concibe solo como apertura de mercados, sino como ampliación de un espacio simbólico.
“Nuestro horizonte no es solo crecer como marca. Es ampliar el espacio simbólico del arte textil indígena en el mundo contemporáneo.»
Cada avance debe traducirse en mayor autonomía para las mujeres wichí y en un reconocimiento real de su arte como patrimonio vivo.
En definitiva, Oichena no solo comercializa piezas textiles: sostiene una presencia. Una afirmación serena y firme del femenino ancestral que, a través de las manos que hilan, sigue diciendo: estoy aquí.
Texto : Anne-Sophie Castro
Fotos : Oichena


